Apaseo el Grande, Gto. 24 de marzo del 2026.-San Miguel de Ixtla no se cuenta con prisa. Se camina. Se respira. Se deja que el silencio haga lo suyo mientras las piedras, tercas, siguen sosteniendo lo que queda de siglos enteros.
Hubo un tiempo en que este lugar no era discreto. El siglo XVII lo encontró creciendo, llenándose de capillas como si la fe necesitara espacio físico para no desbordarse. No eran pocas. Eran decenas. Más de 80, dicen unos; más de 100, insisten otros. Como si en cada casa hiciera falta un santo vigilando, un altar marcando territorio, una promesa heredada.
Cada familia tenía su capilla. Su responsabilidad. Su historia. El jefe de hogar la cuidaba y el primogénito la recibía, no como un regalo, sino como una carga que también era orgullo. Así se fue tejiendo un paisaje donde lo religioso no era adorno, era rutina.
Entre todas, algunas resistieron mejor el paso del tiempo. La parroquia de San Miguel Arcángel, el templo de San Isidro y el del Señor de Ojo Zarco, donde una cruz no solo habla en latín, sino también en símbolos más antiguos: un sol, una luna, otra forma de entender el mundo que nunca terminó de irse.
Hoy Ixtla es más callado. Menos extenso. Pero no está vacío. Las capillas que quedan siguen en pie porque alguien decidió no dejarlas caer del todo. Porque aquí la historia no se presume, se sostiene.
Y así, entre muros gastados, restauraciones a medias y silencios largos, el pueblo sigue contando lo que fue. Sin prisa. Sin espectáculo. Como si supiera que lo importante no es cuánto queda… sino que todavía queda.


